Un camino y un sueño. Un destino. (Continuando)
Se irían, uno a uno, los niños, atraídos por esa fuerza maligna.
Cada mañana se cerraban casa que ante el estupor de sus componentes velaban la ausencia del infortunado o infortunada que había caído en la noche bajo sus redes.
Los ancianos recuperaban su estatus, siendo depositarios de saberes ancestrales.
-Es extraño, parece que todo el mundo duerme.
Pensó Jhord aquella mañana cubierta por la niebla de los primeros días de invierno, mientras se asomaba tras los ventanales de sus aposentos.
-Diríase que el mundo ha caído en letargo.
Sintió a sus espaldas la voz de Malhyam, que apenas conseguía disimular con aparente congoja el placer que ello le proporcionaba.
-Ahora estarás a mi merced.
Pensaba mientras con gesto servil se acercaba al cacique.
-Hace días que se ha mermado la presencia de las gentes en las plazas y en las calles.
Dijo el mago sopesando cada una de sus palabras y calculando el efecto que en su interlocutor iban teniendo.
-Al principio se creyó que era tal el miedo de las gentes que se iban aletargando, pero dada la dimensión de los hechos será razón de entrar en averiguaciones. Si así lo consiente mi señor.
-¡Sea!
Contestó Jhord con precipitación, perdiendo en esta respuesta las riendas de la situación.
Malhyam diose la media vuelta y en sus ojos pudo advertirse un destello de malicia que nadie pudo ver, porque quienes allí estaban presentes no eran nadie, eran servidumbre.
Nasur pudo ser testigo de la escena, desde otra dimensión. Tendría presentes cada uno de los lechos en que cuerpos inertes esperaban sus almas ausentes.
-Debo regresar y acceder a cada una de las casas.
Pensó al darse cuenta de la dimensión que había tomado el rapto de las almas puras del poblado.
-Los ancianos y las ancianas deberán ser convocados.
Durante el día, las calles desiertas sólo presentaban la torva presencia de hombres cabizbajos que piedra a piedra iban trazando su destino fatal.
Éstos, al haber quedado internados, apartados de sus familias, no faltaron a sus quehaceres, pero la ausencia de mujeres y niños en las calles les helaba la sangre.
Aunque habían empezado los primeros fríos y el ambiente húmedo anquilosaba sus cuerpos, cobraron nuevo ímpetu creyendo que estaba en sus manos y no en otras el retorno de los suyos.
Por las noches, en sus sueños, habían sido testigos de todo lo acontecido, y aunque no lo nombraban sabían que se enfrentaban al mal y que bajo su poder, no tenían nada que hacer.
Una actividad febril se daba mientras pasaba, inadvertido, el mago, tomando rumbo a la cabaña, con no buenas intenciones.
-Allí está el quid de la cuestión.
Pensaba arrastrándose tras la sombra que proyectaba.