-¡Maitina!
Le decían, cuando en la mañana la encontraron quienes fueron a buscarlos.
-Está dormida.
Dijo una niña que se introdujo por medio de todos ellos hasta acceder a poder tocar su frente.
-No es cierto. Ha muerto aterida de frío.
Le replicaron.
Ella se enfrentó a todos ellos.
-¡Os he dicho que duerme!
Algo hubo en ese gesto que paró a todos ellos.
-Bueno, si tú lo dices.
Contestó alguien que parecía tener más autoridad sobre todos ellos.
-Si ella lo dice será verdad.
-No me atrevería a contradecir a una hechicera, aunque sea sólo una niña.
Pensó al tiempo que daba ordenes a quienes estaban a su lado para que transportaran a la anciana a las inmediaciones del poblado.
-La dejaremos a distancia de nuestras casas.
Le dijo a ella sin atreverse a encarar su mirada.
-Hay una cabaña que podrás ocupar mientras te hagas cargo de Maitina.
Dio orden a todos para que hicieran aquello que ella les demandara.
-Coged unas ramas y la hojarasca con restos de tierra que le han servido de lecho.
Hacedlo evitando moverla.
Ordenó ella, sin dudar.
No fue fácil realizar esa tarea, pero los más hábiles consiguieron transportar a la anciana en su propio lecho hasta la cabaña que sería su sepulcro.
Nasur, que así se llamaba la niña dejó a la anciana en la cabaña y volvió al lugar dónde la encontraron.
Cuando nadie la pudo ver ella se manifestó en toda su potencia luminosa dejando de lado la niña.
-Esperaré el momento en que ocurrió lo que vengo a buscar.
Con estas palabras movió el tiempo y fue testigo de la escapada del muchacho.
Ella, más ágil que la anciana, alcanzó a ver que pasaba, dejando tras de sí el cuadro que al día siguiente habían encontrado.
-¡Es él!
Pensó ella al ver como el muchacho era tomado por un ser gigantesco que batiendo sus enormes alas se acercó pasando sobre sus cabezas y con sus garras lo arrancó del suelo llevándolo lejos.
-Te seguiré dónde quiera que vayas.
Dijo al ver como se alejaba

Al regreso del grupo presidido por Nasur, la gente ocultaba los ojos tapándolos con sus manos.
Una oleada de temor invadió a quienes quedaban atrás, mientras la comitiva se encaminaba a la cabaña.
Para ello hubo que atravesar el poblado. No había otra posibilidad. Hubieran querido dar un rodeo, pero el poblado quedaba sobre un cortante de roca por uno de los lados y por el otro el río se hacía imposible de cruzar. No había otra que atravesar a pesar de llevar con ello el temor y la incertidumbre.
-Es posible que la idea no haya sido tan buena.
Pensaba Malhyam, el mago del poblado, mientras veía como reaccionaba la gente del pueblo al paso de la comitiva encabezada por la niña y el cadáver de la anciana sobre tan extraño lecho.
-Será necesario hacer un funeral y una depuración de todo el recorrido, sino la gente temerá salir de sus casas y el pánico se adueñará de nuestro pueblo paralizándolos y extraviándolos.
Dijo dirigiendo sus palabras a Jhord, que daba las órdenes a todos ellos, susurrándoselas para evitar fueran oídas por quienes no las podrían asimilar.
-Haz los preparativos pertinentes y no escatimes en gastos.
Contestó Jhord valorando lo crítico de la situación, disimulando igualmente, convencido de que estaba siendo advertido con sabiduría.
-¡Buen servicio! Tendrás tu recompensa.
Pensaba mientras observaba como con un par de movimientos Malhyam desaparecía entre la gente, dando paso a una masa que se apelotonaba a su paso.
-Ya llegará ese día.
Pensó Malhyam mientras desaparecía.
-Te libero de tus preocupaciones más inmediatas, pero un día seré yo el problema que no podrás sacarte de encima.
Cuando llegaron a la cabaña e introdujeron a la anciana con su lecho, Nasur con un gesto de su mano izquierda despidió a quienes la transportaban.
Liberados marcharon a sus casas.
Aquella noche los hombres del séquito fueron a dormir tras restregarse sus carnes con agua y barro queriendo sacar de su piel una sensación extraña que nadie nombraba.
Los perros ululaban y los gatos maullaban. Fue una noche tenebrosa que antecedería a muchas otras que borrarían el recuerdo de un tiempo en que la luna susurraba canciones de cuna.
Hubo sueños tenebrosos que a todos alcanzaron, pero a la mañana siguiente no osaron ni siquiera pensarlos. Por supuesto no se nombraron. Si hubieran hablado de ello todos hubieran descrito un mismo sueño. Cuando el alba abrió el día y los gallos cantaron su letanía salieron las gentes entristecidas a ocupar sus lugares para secuenciar la vida.
Dado que su hacer y vivir estaba muy lejos de estas consideraciones nadie hablo ni pensó en una mala noche. Malhumorados y tristes se movían en sus quehaceres y algún que otro exabrupto se soltaron unos a otros sin llegar a mayores. Cabizbajos se movían y apenas se miraban los que en otro tiempo se saludaban. Ni que decir tiene que se desplazaban temerosos y evitaban tocar con sus pies allí donde la comitiva pasara tal que con el tiempo la hierba remozara.
Mirando desde su ventanal, Jhord observaba el cambio manifiesto de quienes apenas paraban un instante en las calles.
-Se hace necesario un ritual para liberarlos de este mal.
Dijo mientras era atendido por quienes tenía alrededor.
-¡Malhyam!
Llamó mirando las caras opacas a su alrededor.
Todos salieron cabizbajos, sin volver la espalda, dando paso al mago que les imponía más respeto aún.
-Aquí me tienes. Señor.
Dijo el mago explicándose.
-He hecho lo necesario. A lo largo del recorrido se han dispuesto unos puestos de picapedreros para empedrar el camino que va desde el lugar en que se encontró a la anciana hasta la cabaña.
Decía mirando a los ojos de Jhord para ponderar su reacción.
-Las piedras evitarán que las fuerzas telúricas entren en contacto con los pies descalzos de tu gente.
Siguió platicando al ver la aceptación de su idea en la mirada de Jhord.
-También se quemarán hojas de laurel y se esparcirán las cenizas sobre las piedras del camino.
-En este momento se está haciendo una fogata alrededor de la cabaña practicando un reguero alrededor que se alimentará con agua canalizada desde el río, para evitar que alcance al poblado nada de lo que allí se geste.
Jhord escuchaba atento y satisfecho.
-Está en todo.
Pensó sin osar interrumpirle.
-Los picapedreros temerosos no querían trabajar, pero les he ofrecido una recompensa y al fin han cedido.
Dijo Malhyam comprobando que iba por buen camino.
-Se les ha prometido que si hallan mal o enfermedad sus familias serán compensadas de por vida.
Malhyam, mientras manifestaba cuales habían sido sus decisiones comprobaba que Jhord era incapaz de oponerse a sus planes y eso le hacía sentirse dueño de la situación.
-Nunca vas a liberarte.
Pensó mirándolo a los ojos sin que el otro se percatara de la amenaza que ocultaba esa mirada aparentemente afable.
-¿Y tú que precio pones?
Oyó que Jhord le preguntaba mientras maquinaba los pasos a dar en el futuro para tenerlo bajo su yugo.
-Mi señor, yo no tengo precio. Soy vuestro siervo.
Le contestó.